Mario Mendoza (Bogotá, 1964) se licenció en Letras en Bogotá y graduó en Literatura hispanoamericana en la Fundación José Ortega y Gasset Toledo. Ha impartido clases de Literatura durante más de diez años y ha publicado las novelas La ciudad de los umbrales (1992), Scorpio City (1998), El viaje Loco Tafur (Seix Barral, 2003), editada previamente en Seix Barral para Latinoamérica bajo el título Relato asesino (2001), Satanás (Seix Barral, 2002), galardonada con el Premio Biblioteca Breve, y Cobro de sangre (2004), y los libros de relatos La travesía del vidente, Premio Nacional de Literatura del Instituto Distrital de Cultura Turismo de Bogotá en 1995, y Escalera cielo (2004). Es colaborador habitual de diversos diarios y revistas.
- Algunas preguntas a Mario Mendoza:
Escribir es como una obsesión. Y la realidad es parte de esa obsesión:
los suburbios y bajos fondos de su Bogotá natal, un país conflictivamente urbanizado entre el caos de la violencia política y trans-política, un continente de ciudades agigantadas y quebradas desde dentro, la reversibilidad de una sociedad informatizada. En 1986 el autor de una terrible matanza le involucró en la historia al buscarle entre uno y otro episodios del baño de sangre. De la experiencia nació Satanás, otro de sus polémicos libros, Premio Biblioteca Breve 2002.
¿Emprendiste la novela como un intento de explicarte o desentrañar lo que había sucedido?
―Lo tomé como un pretexto para hacer una radiografía sobre la ciudad, sobre lo que yo creía que había ocurrido en el corazón más íntimo de Bogotá… Bogotá es una ciudad que estalló hacia la década de los ochentas, cosmopolita, gigantesca, que pertenece a las ciudades del Big Bang o el Big Crunch latinoamericano que mencionan los sociólogos, y sentía que no había literatura sobre el tema, que en mi país faltaba una narrativa sobre ese caos vertiginoso… Y entre eso va la historia, que es biográfica pero también está el hecho de saber que yo tenía una información tras bambalinas: había conocido al asesino, digamos, entre los camerinos, y manejaba información que no poseía nadie y que sólo yo podía escribir. El deseo de explicar ese crimen es lo que finalmente me impulsó a escribir la novela.
―Lo tomé como un pretexto para hacer una radiografía sobre la ciudad, sobre lo que yo creía que había ocurrido en el corazón más íntimo de Bogotá… Bogotá es una ciudad que estalló hacia la década de los ochentas, cosmopolita, gigantesca, que pertenece a las ciudades del Big Bang o el Big Crunch latinoamericano que mencionan los sociólogos, y sentía que no había literatura sobre el tema, que en mi país faltaba una narrativa sobre ese caos vertiginoso… Y entre eso va la historia, que es biográfica pero también está el hecho de saber que yo tenía una información tras bambalinas: había conocido al asesino, digamos, entre los camerinos, y manejaba información que no poseía nadie y que sólo yo podía escribir. El deseo de explicar ese crimen es lo que finalmente me impulsó a escribir la novela.
En Una escalera al cielo (Planeta, 2004), es larga y singular la lista de tus personajes, todos muy únicos, llevados al extremo… Pero qué pensarías si te dijeran que tú mismo en algún momento puedes calificar para un personaje, porque tu trabajo te ha traído amenazas, muchos problemas…
―Tengo una temática incómoda, siempre apuntando hacia lo más profundo de una sociedad convulsa como es la colombiana, y eso implica que alguna gente se disguste. Intento siempre llevar al lec
tor a que meta la nariz ahí donde nadie quiera, ahí donde huele mal, tengo una gran sensibilidad por esas cosas. Durante mucho tiempo me sentí mal por escribir ese tipo de libros, pero con el tiempo me di cuenta de que no debía luchar contra ello. Cierta parte de la sociedad en algún momento se siente mal conmigo, política y religiosamente, y terminan mandándome comunicados, amenazas por Internet. Sobre todo con la columna del periódico (El Tiempo), pero creo que eso es normal porque le ha pasado a todos los columnistas y no es tampoco para alarmarse. Lo importante es que no he recibido amenazas formales, comunicados que me lleguen a casa con el sello de las Autodefensas, o los movimientos paramilitares, que sí hay que tenerlas más en serio, calibrarlas de una manera distinta… Las mías son amenazas por Internet que pueden venir de cualquier lector furibundo, las dejas pasar y ya está.
tor a que meta la nariz ahí donde nadie quiera, ahí donde huele mal, tengo una gran sensibilidad por esas cosas. Durante mucho tiempo me sentí mal por escribir ese tipo de libros, pero con el tiempo me di cuenta de que no debía luchar contra ello. Cierta parte de la sociedad en algún momento se siente mal conmigo, política y religiosamente, y terminan mandándome comunicados, amenazas por Internet. Sobre todo con la columna del periódico (El Tiempo), pero creo que eso es normal porque le ha pasado a todos los columnistas y no es tampoco para alarmarse. Lo importante es que no he recibido amenazas formales, comunicados que me lleguen a casa con el sello de las Autodefensas, o los movimientos paramilitares, que sí hay que tenerlas más en serio, calibrarlas de una manera distinta… Las mías son amenazas por Internet que pueden venir de cualquier lector furibundo, las dejas pasar y ya está. En la literatura y el periodismo hay un tema que te seduce: la ciudad y los problemas o vacíos de la comunicación…
―Tengo una gran sensibilidad para mirar también lo que se llama violen
cia trans-política. La violencia política es la que viene de determinados grupos de poder que están en la periferia e intentan atacar el centro, es decir, las estructuras de poder legitimadas. En el caso colombiano es muy clara la violencia política, que es lo que por lo general se espera como tema de un narrador en mi país. Lo mío es distinto, no es una violencia que viene de fuera del sistema sino de adentro, del corazón del sistema. El teórico y sociólogo francés Jean Baudrillard llama a eso violencia trans-política, violencia que está ahí, para la cual no es necesario un conflicto político adentro o afuera, sino que el mismo stablishment está diseñado de una manera tan violenta que finalmente te lanza hacia dinámicas destructivas.
cia trans-política. La violencia política es la que viene de determinados grupos de poder que están en la periferia e intentan atacar el centro, es decir, las estructuras de poder legitimadas. En el caso colombiano es muy clara la violencia política, que es lo que por lo general se espera como tema de un narrador en mi país. Lo mío es distinto, no es una violencia que viene de fuera del sistema sino de adentro, del corazón del sistema. El teórico y sociólogo francés Jean Baudrillard llama a eso violencia trans-política, violencia que está ahí, para la cual no es necesario un conflicto político adentro o afuera, sino que el mismo stablishment está diseñado de una manera tan violenta que finalmente te lanza hacia dinámicas destructivas. UNA DE SUS OBRAS:
LOS HOMBRES INVISIBLES
Este autor colombiano es un gran conocido entre sus compatriotas y con esta edición da el salto al Atlántico para poder ser disfrutada por los lectores hispanos residentes en la madre patria.El protagonista de la historia, Gerardo, un hombre joven de treinta y pocos, que después de ser abandonado por su esposa, perder a sus dos padres, y estar hundido en una depresión por la pérdida de estas personas y el sinsentido de su vida profesional, decide empezar desde cero, abandonar Bogotá, la ciudad donde vive, y buscar el rastro de una tribu misteriosa - los hombres invisibles - que según las historias que existen por ahí son los últimos indígenas que no han entrado en contacto aún con la civilización.
La historia nos permitirá sentir a través de las vivencias y los pensamientos de Gerardo la capital colombiana, las ciudades de provincias, la selva, las luchas sociales, el mosaico de gentes que forman Colombia, el intento de encontrarse a uno mismo en una búsqueda sin sentido para la mayoría de las personas esclavizadas por su rutina diaria.
Es un libro bonito, bien escrito, que aporta además de una gran dosis de instrospectiva, un fresco de la realidad social en la que viven algunos colombianos, y que para nosotros Europeos, que como mucho leemos unas pocas noticias que nos llegan filtradas de allá o nos perdemos durante uno pocos días en un hotel para turistas en Cartagena de Indias, es algo completamente desconocido.
Es un libro que merece la pena ser leído para todos aquellos interesados en las letras hispanas, colombianas esta vez, y que deseen conocer un poco aquellas tierras de la mano de uno de los escritores contemporáneos colombianos.
La historia nos permitirá sentir a través de las vivencias y los pensamientos de Gerardo la capital colombiana, las ciudades de provincias, la selva, las luchas sociales, el mosaico de gentes que forman Colombia, el intento de encontrarse a uno mismo en una búsqueda sin sentido para la mayoría de las personas esclavizadas por su rutina diaria.
Es un libro bonito, bien escrito, que aporta además de una gran dosis de instrospectiva, un fresco de la realidad social en la que viven algunos colombianos, y que para nosotros Europeos, que como mucho leemos unas pocas noticias que nos llegan filtradas de allá o nos perdemos durante uno pocos días en un hotel para turistas en Cartagena de Indias, es algo completamente desconocido.
Es un libro que merece la pena ser leído para todos aquellos interesados en las letras hispanas, colombianas esta vez, y que deseen conocer un poco aquellas tierras de la mano de uno de los escritores contemporáneos colombianos.


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